jueves, 16 de enero de 2014

Casi me muero

Dicen que cuando uno está al borde de morir, o piensa que lo está, toda la vida se le pasa por delante. En mi caso, lo único que pude pensar adentro de ese avión, que se movía descontroladamente en todas las formas y direcciones posibles, era en que necesitaba volver a estar con Gastón, que no podía dejarlo solo.

Llevábamos unos 20 minutos en el aire, el suficiente al menos como para que las azafatas hubieran repartido las bandejitas de pseudo comida que incluía el vuelo de la aerolínea más barata del condado. Las bebidas apenas habían empezado a darlas, cuando el primer sacudón mando a todos a sentarnos, cinturones abrochados, y a mantenernos en esa posición por nuestra seguridad. Después de un par de sacudones, nos anunciaron por los parlantes que las azafatas no iban a seguir entregando las bebidas porque íbamos a atravesar una zona de turbulencias. Y ahí empezó todo.

En el vuelo de Santiago a Buenos Aires, un vuelo que normalmente dura hora y media, dos, íbamos tres compañeras del trabajo. Nos habíamos sentado todas en asientos separados, porque todas preferíamos pasillo y porque así se había dado. En mi fila, un viejito sentado contra la ventanilla, un asiento vacío y yo.

No suelo ser miedosa con los vuelos. Hasta te diría que las veces que hubo algo de turbulencia me lo tomé como una pseudo montaña rusa y me reí. Pero esta vez fue distinto. Lo que al principio eran risas nerviosas, se convirtieron en respiraciones profundas cuando de un sacudón todas las bandejitas volaron por el aire. Ni me preocupé por levantar la mía, que quedó desparramada por el pasillo del avión, ya lleno de basura que había saltado por ahí con tantos movimientos.

Por la ventanilla se veían relámpagos, lluvia y, de vez en cuando, y aterradoramente, tierra. Si, el avión se inclinaba de tantas formas y tan frecuentemente que por momentos podía ver los campos. El viejito me miraba mientras crecía mi desesperación y trataba de calmarme: "tranquila, tranquila". Yo trataba de convencerme de que no era nada, que íbamos a salir rápido y que íbamos a aterrizar bien.

En el avión todos vomitaban. Algunos por el mareo, otros por el olor a vómito ajeno. Una de mis compañeras empezó a vomitar de forma contínua, lo que creo que hubiera agradecido porque la distraía de pensar que nos estábamos muriendo.

De repente, empecé a hacer girar mi alianza, y a pensar en Gastón, y mientras respiraba profundo, inhalando y exhalando, se fueron pasando los 40 minutos más largos de mi vida.

Cuando llegué a casa, lo primero que le dije a Gastón fue "casi me muero en el avión". Claramente, por más explicaciones que le pudiera dar, nunca iba a sentir lo que yo sentí adentro de ese avión. Lo que todos los que íbamos ahí sentimos (incluso las azafatas): hoy nos morimos.

También me di cuenta de que lo que yo siempre había dicho, eso de que prefería morir antes que él, porque no quería sufrir lo que sufre una viuda, ya no era así. Prefiero ser la última en irme, porque no puedo ni quiero dejarlo solo, nunca nunca nunca.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Piel de gallina